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«Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el

maná en el desierto y murieron; este es el pan que

baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo

soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de

este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy

a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

(Jn 6, 48-51)

Jesús, el hijo de Dios hecho hombre, es el fundador de la Iglesia. Cristo no escribió una Biblia, sino que fundó una Iglesia: formó hombres y los mandó a hablar y actuar en su Nombre (II Timoteo 2, 2; Lucas 10,16; Mateo 28,19; Juan 20,19-23). Pero también Jesús quiso quedarse con sus discípulos, haciéndose presente en la Eucaristía por la acción sacerdotal llevado a cabo durante la Santa Misa.

 

La vida y la obra entera de Jesús es la base y el fundamento de la Iglesia. Dado que sus palabras fueron pronunciadas para todos los tiempos (Mt 24,35) y él mismo prometió estar con los suyos hasta el fin del mundo (Mt 28,20; Jn 15,1 y 8,12), todo lo que Él es y lo que Él dijo e hizo es esencial para lo que ha sido, ha vivido y es su Iglesia, que él mismo ha fundado en la historia. Jesús ha sido un hombre importante en la historia humana. Alguien con una personalidad capaz de arrastrar tras sí a la gente, no sólo en su tiempo, sino siempre.

 

 

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